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Asesinan a joven periodista peruano cuando investigaba sicariato en Cañete

Fernando Raymondi

Foto: internet

portada Caretas

Opinión Prensarte: Las ‘investigaciones’ tardías, mal hechas y pronunciamientos adelantados de las autoridades policiales no resisten un análisis elemental para decir simplemente que el asesinato del joven periodista, Fernando Raymondi, fue consecuencia de un asalto a una bodega de barrio donde no opusieron resistencia y donde ‘casualmente’ se encontraba el joven periodista que investigaba sobre el sicariato en Cañete y a quien le dispararon a matar, con el cálculo para que no llegue vivo al hospital, tal cul ocurrió. Debajo de este artículo, el otro ‘Baño de sangre’ de Caretas.

Artículo de revista peruana Caretas. 12 Nov. 2014

Fernando Raymondi ingresó como practicante al Departamento de Archivo de CARETAS hace ocho meses, pero en julio de este año solicitó pasar al Departamento de Seguridad de la revista para apoyar en el cubrimiento del crimen organizado, el narcotráfico y la corrupción.

El joven de 22 años tenía pasta de reportero: era estudioso, reservado y un apasionado del periodismo de investigación.

No se hacía problemas con los madrugones de los cierres de edición y, tras sus lentes de marco grueso, tecleaba sin demora los textos de sus comisiones. “Soltaba la mano” rápido y eso le auguraba buen futuro en una redacción cuya locura requiere de método.

Fernando era de Cañete y visitaba a su padre los fines de semana. En la revista se investigaba el desborde de la extorsión y sicariato en esa localidad. El reportero aprovechó recientemente para realizar averiguaciones en el Mercado de Chocos, en San Vicente de Cañete, y en el Mercado Nuestra Señora del Carmen de Imperial, donde se recogió información de mayoristas víctimas de extorsión que habrían contratado sicarios para eliminar a los propios extorsionadores (ver nota aparte).

Era una de las facetas de la violencia que tiene su principal expresión en el negocio de la construcción.

Apenas el viernes 7, dos obreros de construcción civil, Ricardo Roldán Cuba (34) y Christian Sánchez Lázaro (25), habían sido acribillados a balazos por sicarios en el asentamiento humano Cerro Candela, en el distrito de Imperial.

Dos días después, Fernando se encontraba a quince minutos del escenario de ese crimen. Estaba en la puerta de su casa en el No 395 de la calle 28 de Julio, donde su padre administra una pequeña bodega. Conversaba con uno de sus mejores amigos, Diego Ormeño (23), otro expracticante de la revista, también cañetano.

Raymondi y Ormeño comentaban la nota que el primero había publicado en el último número de la revista, que abordó la muerte del poblador cajamarquino Fidel Flores a manos de la Policía.

La nota había sido titulada “La Barbarie”. Eran las 8 y 20 de la noche.

UNA PESADILLA

Ormeño recuerda que, de pronto, oyó un ruido y de una mototaxi color rojo bajaron dos sujetos con gorras y armados.

“¡Vete de acá, mierda!”, ordenó uno de los delincuentes a Ormeño. Este se escondió rápidamente en el interior de la casa.

El otro malhechor apuntó a Raymondi y lo hizo ingresar a la tienda.

Don Hilario Raymondi (64) salió raudamente y encontró a su hijo con los delincuentes. “¡Dónde está la plata!”, fustigó uno de los criminales.

“Allí”, respondió el sexagenario que sufre de cáncer de colon, señalando a la vitrina llena de galletas.

Don Hilario afirma que se disponía a sacar el dinero, unos 200 soles, cuando uno de los hampones apuntó a su hijo en el pecho. El padre le dijo: “Oiga, baje el arma” e hizo un ademán con las manos.

Fue entonces cuando el delincuente disparó un balazo. El joven periodista cayó al piso, mientras los criminales huían. No tocaron el dinero.

Desesperado, don Hilario arrastró a Fernando ensangrentado hasta la puerta de la bodega, clamando ayuda y suplicando a su único hijo que no se muera.

Dos jóvenes vecinos se acercaron y un tercero fue a buscar un taxi. No pasaba ni un alma. Acudió a la estación de bomberos, ubicada al frente de la bodega de los Raymondi, y tocó la puerta.

Los bomberos le respondieron que no podían ayudarlo porque la ambulancia que poseen tenía problemas en la batería y el camión cisterna se encontraba sin llaves.

El vecino recurrió a la empresa de luz, Edecañete SA, colindante a la estación de bomberos pero nadie abrió la puerta. Corrió hacia la comisaría, ubicada solo a tres cuadras, y no encontró a ningún policía de servicio.

Un station wagon que transitaba por allí se detuvo ante los gritos de Hilario. Eran las 8 y 40 de la noche. El joven periodista de CARETAS fue subido al vehículo, pero murió camino al hospital Rebaza.

Estaba por culminar la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad San Martín de Porres.

NEGLIGENCIA POLICIAL

La autopsia de Raymondi señala que la bala que lo mató fue disparada a metro y medio de distancia e ingresó en picada a su tórax izquierdo. Pasó muy cerca del corazón, perforó su pulmón del mismo lado y salió por la espalda baja.

El arma utilizada por los delincuentes fue un revólver calibre 38.

Los policías de la División de Investigación Criminal de Cañete tardaron dos horas en llegar a la escena del crimen.

Ocho horas después del asesinato, cuatro efectivos de la División de Homicidios de Lima arribaron a la vivienda donde ya velaban a Raymondi.

Tomaron las declaraciones de don Hilario y de Ormeño.

Los operativos para capturar a los delincuentes empezaron a ejecutarse recién el lunes 10, a las 6 de la mañana.

Al cierre de esta edición, la División de Homicidios de Lima tenía cinco sospechosos, pero ninguna certeza real sobre la identidad de los asesinos.

El martes 11, el director de la Policía, general PNP José Flores Goicochea, adelantó que la hipótesis que manejaba la Policía respecto del crimen de Raymondi “no es sicariato, sino intento de asalto con consecuente muerte”.

Uno de los policías que investiga el caso se mostró contrariado por esta declaración: “Nosotros todavía estamos investigando. No entendemos por qué el director de la Policía se adelantó en dar una opinión, cuando aún no tenemos evidencias determinantes”, dijo a CARETAS.

Los vecinos de la calle 28 de Julio afirman que no se ha producido un robo en esa zona en los últimos cuatro años. A lo largo de las tres primeras cuadras de la calle donde vivía Raymondi se contabilizan hasta 10 bodegas, todas de mayor tamaño, y ninguna ha sufrido un atraco.

Los moradores atribuyen lo que había sido una relativa tranquilidad a la buena iluminación de la calle y a la ubicación de la estación de bomberos y de la empresa de luz de la ciudad.

VIOLENCIA Y MUERTE

Lo único cierto hasta el momento es que el asesinato del joven periodista ocurre en medio de una espiral de extrema violencia en el sur chico, especialmente en Cañete.

Los enfrentamientos entre bandas relacionadas a seudosindicatos de construcción civil, que se disputan la edificación de obras en los balnearios del sur, han levantado una ola incontrolable de sicariato y muerte.

El mismo día del crimen de Raymondi dos jóvenes fueron atacados a balazos, cuando tomaban cerveza frente al estadio municipal del distrito de Mala, en Cañete. Ellos fueron identificados como Sergio Quispe Zavala y Milton Vásquez Francia, este último dirigente de un sindicato de construcción civil en Mala.

La Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) solo reconoce cuatro bases de construcción civil: tres en el distrito de Cañete, una en Chilca y otra en Asia.

Los dirigentes de estos gremios, según la CGTP, están en permanente “guerra” con múltiples seudosindicatos que han obtenido permisos emitidos por el propio Ministerio de Trabajo.

Esta batalla se libra a sangre y fuego.

En una horrible vuelta de tuerca, las pesquisas de Fernando quedaron truncas con su trágico asesinato, a manos del crimen organizado que él mismo estaba ayudando a investigar.

El martes último, mientras el ataúd con los restos de Fernando Raymondi era llevado al cementerio de Cañete, su padre, don Hilario, volvió a clamar a justicia:

“Mi hijo es una víctima de la violencia”, dijo sollozando. “Exijo justicia para que su muerte no quede impune, para que se castigue a quienes le hicieron esto, para que se acabe de una vez por todas con este derramamiento de sangre”.

En Lima, ese madrugón de siempre dolió como muy, muy pocas veces.

SOBRE SICARIATO EN CAÑETE. ARTÍCULO, TAMBIÉN DE CARETAS.

BAÑO DE SANGRE

En Cañete se han registrado más de 20 asesinatos por encargo, a un ritmo estimado de uno por mes, desde enero del 2013.

El patrón es similar en todos los casos: sicarios armados eliminan a sus víctimas y huyen en motocicletas o vehículos de lunas oscuras.

La Policía sostiene que el grueso de homicidios está vinculado al cobro de cupos de los sindicatos de construcción civil.

La criminalidad se ha disparado en todo el sur, al punto que hay quienes estarían decididos a que delincuentes y extorsionadores ni siquiera lleguen a estrenar las celdas del nuevo penal de Chincha.

Al menos 12 de las víctimas son delincuentes y extorsionadores.

El primero, Rodolfo Oliveros Manero, es uno de ellos.

Un grupo de sicarios lo interceptó el 3 de enero del 2013 cuando merodeaba por el mercado del distrito de Imperial  y le descerrajó 7 balazos mortales.

La Policía de Cañete investigaba a Oliveros porque aparentemente estaba extorsionando a algunos mayoristas del mercado de Imperial.

Cuando los familiares de Oliveros llegaron a la escena del crimen, culparon entre sollozos a un grupo de comerciantes del mercado.

Dos meses después, el 13 de marzo del 2013, dos sujetos a bordo de una moto mataron de 12 balazos a Luis Antón Vicente, ‘Chinchano’, quien en 2001 purgó prisión por robo, extorsión y homicidio.

LA LISTA NEGRA

Siguiendo el mismo patrón, con sicarios motorizados, fueron eliminados a balazos los delincuentes Carlos Gutiérrez Soriano, ‘Quemachala’, el 25 de agosto del 2013; Julio Benavente Carrillo, ‘Ulico’, el 22 de septiembre de ese mismo año; Kit Villalobos Torres, ‘Peluca’, el 4 de octubre; Juan Arias Carrillo, ‘Juancito’, el 4 de noviembre, y Albino Espinoza Gutiérrez, ‘Lampa’, el 29 de noviembre del 2013.

Todos ellos registraban antecedentes por robo agravado, y en el caso de ‘Peluca’, ‘Lampa’ y ‘Juancito’ había denuncias policiales por extorsionar a mayoristas del mercado de Chocos, ubicado en el límite de los distritos de San Vicente e Imperial.

CARETAS habló con algunos de estos comerciantes y estos admitieron, solicitando el anonimato, que durante algún tiempo tuvieron que pagar cupos a bandas de extorsionadores. Algunos sufrieron robo de dinero.

Un mayorista del mercado de Chocos suele mover S/. 50,000 a la semana, aproximadamente. Esto los puso en la mira de los delincuentes.

Un caso singular se produjo el 3 de diciembre del 2013. Cuatro sicarios mataron de 10 balazos a Jorge Villalobos Gutiérrez, 34, conocido como ‘‘El Rey del Zapallo’’, cuando llegaba a San Vicente en una mototaxi.

Según la Policía, Villalobos tenía un pasado criminal relacionado a la extorsión. Aunque se mostraba en público como un comerciante, habría utilizado esto como fachada para tener cerca a mayoristas que gastan mensualmente miles de soles en los mercados cañetanos.

La Fiscalía lleva más de un año sin identificar a los autores de estos asesinatos.

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